Quevedo, polisemias y hominimias 5/25/2020
Danilo Albero Vergara escritor argentino
Literatura, ensayos, relatos, novelas, literatura latinoamericana

Releí fragmentos marcados de El Buscón, quizás en busca de un poco de sutileza poética en estos momentos en que lenguajes prosaicos, pragmáticos y ramplones, han invadido la realidad cotidiana. Hace un par de años tomé nota, de un artículo de un académico de la RAE, donde aclaraba que Cervantes empleó 23.000 palabras diferentes mientras que hoy un ciudadano común usa sólo 5000. Leyendo diarios, y fundamentalmente notas de escritores, veo que muchos difícilmente lleguen a las 4999. A modo de ejemplo, evoco una nota de un compatriota novelista y corresponsal, residente en España y portador de múltiples premios, periodísticos y literarios, hablar de “cucarachas y otros animales” -me recuerda a una mención de Pío Baroja de un cartel que vio en el madrileño mercado de El Rastro: “se venden galápagos y otros animales domésticos.”

Me fui por las ramas; releí El Buscón, decía, y me encontré con este delicioso fragmento cuando el protagonista se refiere a su padre: “Por estas y otras niñerías, estuvo preso; aunque, según a mí me han dicho después, salió de la cárcel con tanta honra que le acompañaron doscientos cardenales, sino que a ninguno le llamaban ‘señoría’ ”. Más adelante, cuando habla de su madre: “Hubo fama que reedificaba doncellas, unos la llamaban zurcidora de gustos; otros algebrista de voluntades desconcertadas, y por mal nombre alcagüeta.” En estos dos párrafos, Quevedo hace un uso magistral del lenguaje poético a través de dos recursos: la homofonía -palabras que suenan igual pero con significado distinto- y polisemia -vocablos que admiten más de una interpretación- para retratar a los genitores del narrador e introducirnos, con son de guasa, en su novela picaresca, la vida de Don Pablos.

En el caso del padre, la homofonía es utilizada en la ironía con que refiere a los castigos recibidos en prisión -exaltada por el “según a mí me han dicho”- ya que los cardenales mencionados son las marcas violáceas de los azotes recibidos, por eso “a ninguno le llamaban ‘señoría’ ”, y no la autoridades eclesiásticas. En el caso de su madre, recurre a la polisemia para esbozarnos su oficio, “reedificaba doncellas”, que refiere a volver a construir, restaurando lo deteriorado, en este caso la virginidad de jóvenes que pretende casarse, por eso la llamaban “zurcidora de gustos”; y “algebrista de almas desconcertadas”, donde algebrista no es un matemático sino un médico especializado en tratar huesos dislocados, desconcertado alude a la luxación. Por eso el final del retrato de la madre, “y por mal nombre alcagüeta”.

Quizás una de las posibilidades más bellas del lenguaje poético sea el virtuosismo en el uso de polisemias y homonimias, porque permiten expresar mensajes con más de un sentido, que pueden ser interpretados por el lector o recitador con distintos matices. Siguiendo con el estilo de Quevedo, dejo de lado la homofonía -tuvo y tubo- y voy a la polisemia; dos ejemplos de palabras trisémicas: busto (pecho femenino; escultura; parte superior del cuerpo humano) y cañón (pieza de artillería; parte de un arma de fuego; accidente geográfico), en este último caso, cuando padecemos películas bélicas, dobladas o subituladas, donde se habla en inglés, nos encontramos con que “barrel” (barril y cañón de arma de fuego) es traducido ineluctablemente como “barril”, ¡maravilla! Rescaté una pentasémica: casco (protección para la cabeza; urbano; cuerpo del barco; uña del animal, recipiente), me quedé corto pienso que admite por lo menos dos acepciones más, lo cual la hace heptasémica.

De la relectura de El buscón, me acude este soneto de Quevedo, que me jacto de saber de memoria, y que hoy corre el riesgo de ser censurado por políticamente incorrecto y machista -dejando de lado las connotaciones de puto, en la época, además del fatigado “que comete pecado nefando”-, “Desengaño de las mujeres”:

 

Puto es el hombre que de putas fía,

y puto el que sus gustos apetece;

puto es el estipendio que se ofrece

en pago de su puta compañía.

 

Puto es el gusto, y puta la alegría

que el rato putaril nos encarece;

y yo diré que es puto a quien parece

que no sois puta vos, señora mía.

 

Más llámenme a mí puto enamorado,

si al cabo para puta no os dejare;

y como puto muera yo quemado

 

si de otras tales putas me pagare,

porque las putas graves son costosas,

y las putillas viles, afrentosas.

 

En el segundo verso del segundo cuarteto “rato” puede aludir al espacio breve de tiempo, pero también a un gusto o disgusto pasajero.

En el primer verso del segundo terceto “pagare” alude a la afición o encariñarse; y en el segundo verso “grave” también puede referir a una persona muy importante o de alcurnia.

Es fácil adornar el vuelo del propio prestigio con plumas ajenas, por eso me refugio en este otro soneto de Quevedo que lleva el acápite: “Aconseja a un amigo que estaba en buena posesión de nobleza, no trate de calificarse, porque no le descubran lo que no sabe”, donde le recuerda la historia de Faetón. Este persuadió al dios Apolo para que lo dejara conducir el carro del sol y así demostrar a sus amigos que, efectivamente, era su hijo. Faetón perdió el control del carro, puso en riesgo al cielo y a la tierra, fue fulminado por el rayo de Zeus y cayó frente a la costa de Venecia, Ovidio cuenta la historia en Metamorfosis y Rubens la representa en un cuadro:

 

Estudia en el osar de ese mozuelo,

descaminado escándalo del polo;

para probar que descendió de Apolo,

probó, cayendo, descender del cielo.





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